Detenerse

Cuando mi hija menor era adolescente y yo trataba de ensenarle a que “se cuide”, me dijo algo que aprendí para toda la vida: “si me decís que todo es peligroso voy a terminar por no creerte y no me voy a cuidar en nada.”

Creo que peor que no dar ningún consejo a un hijo es darle muchos mensajes, la mayoría de ellos contradictorios entre sí, o en el mejor de los casos, contradictorios entre el consejo hablado y nuestra propia conducta, que tendría que servir como modelo.

Lo que nos está sucediendo con los múltiples consejos, muchos de ellos contradictorios entre sí, y en algunos dramáticos casos contradictorios con la conducta de las autoridades gubernamentales que tendrían que servirnos de ejemplo, de cómo cuidarnos de los peligros que nos acechan desde el coronavirus es que nos provoca más confusión. 

No es ignorancia. No es falta de información. Es información que viene tan mezclada entre hechos comprobados, opiniones personales, mentiras difundidas con el poder de la “legitimidad” que las redes sociales otorgan sin demasiado control, rumores transformados en afirmaciones asertivas, que nuestras “cabezas” acaban por hacer lo que mi hija me amenazaba que sucedería: no creemos en nada. Y lo que es peor, tememos todo, a todos y a todo. Hasta tenemos miedo de nosotros mismos. Ya no sabemos si lo que pensamos, sentimos y hacemos nos cuidará o nos expondrá a más peligro.  

Lo que yo aprendí aquella vez, y sigo tratando de aplicar lo aprendido, es: cuando tengo miedo por mí, por mis seres queridos, cuando me siento inundada por esa emoción corporal que me acelera el pulso, me provoca dolores intestinales, me corta la respiración, paro. Me paro. Trato de mirar, primero para afuera, para ver que me asusto tanto, y para entender cómo puedo “racionalmente” protegerme de la amenaza. Luego, trato de mirar para adentro, para ver con qué recursos (emocionales, corporales, instrumentales, sociales) cuento para ejecutar la forma de protegerme que decidí, con la información lo más “creíble” posible que estaba a mi alcance, la conducta que me hace sentir más a salvo, más protegida.

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