Ternura

No sobrevivo sin el otro, tampoco sobrevivo por el otro. ¿Nacer es ser solo? ¿Vivir es con el otro? ¿Cuál es la distancia precisa que me permita danzar la danza de la vida?  

Desde que nacemos, está la cuestión de la justa distancia. Salimos del útero, donde el cordón umbilical nos regalaba la distancia perfecta, casi nirvánica: éramos al mismo tiempo nosotros mismos, mi yo único y particular (sí, es cierto, en estado fetal) y al mismo tiempo el universo me abrazaba, me alimentaba, me protegía. Pero desde el momento del parto, la coreografía entre yo y el otro se complica: quiero ya que el pecho de mi mamá, el abrazo de quien me cuida se haga presente. Una vez saciado el hambre, quiero ya que me dejen tranquilo, en mi propia ensoñación.   

¿Cuál es la coreografía que nos abrace a los dos, que nos permita vivir a mí y al otro, al mismo tiempo?   

La versión adulta del cordón umbilical es la ternura.

El origen de la palabra ternura viene de las palabras TENDER, extender, estirar. 

La distancia óptima es aquella que permita danzar el aforismo talmúdico: ¿Si no soy para mí, quien será? ¿Y si soy solo para mí, qué soy? Tender, extender, extenderse hasta transmitir ternura.

Se trata de aprender a crear vínculos que se alarguen y se acorten, en la medida exacta que permitan, en cada circunstancia, dar y recibir el abrazo preciso, el que me contenga en el lugar exacto del mutuo respeto, sin invasión ni abandono.

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