Un pibe de mi barrio.

Faltaba un año para que el mundo viviera una transformación. Ese 1967 marcaba la antesala de lo nuevo, y yo desde mis 17 años presentía, a mi modo, ese cambio en mi persona y en mi entorno.  Creo que en ese contexto llegué a enamorarme de un hombre 15 años mayor que yo, mi mentor, alguien al que admiraba porque me enseñó a mirar al mundo desde diferentes perspectivas; una manera distinta de pensar, desde el psicoanálisis y la política, temas que me habían sido completamente indiferentes hasta ese momento al igual que temas que surgieron durante este periodo y que fueron un hito para mí. Ese “semi-Dios” sin embargo, poco tiempo después, de una manera muy elegante y práctica me dejó ir, recurriendo al argumento que, aunque le gustaba mucho, yo tenía que buscar a “un pibe de mi barrio”.

Pasé muchos años sin saber quién era la persona a la que se suponía que yo tenía que encontrar, no entendía lo básico: cuál era el barrio que realmente determinaba mi identidad. Mi padre era judio-francés nacido en Paraguay, pero educado en Suiza con pensamiento ecuménico. Mi abuela paterna no era judía sino católica, una catalana con un hermano cura; mi madre era una sueca luterana. De joven era considerada atractiva así que tuve una carrera exitosa en el modelaje. Luego, seguí una carrera en sociología, porque en esa época el intelecto era más importante que el aspecto físico, aunque estas dos actividades eran tan diferentes, y yo era dotada en ambas, lo que agregaba aún más confusión en mi búsqueda de mi identidad. Era considerada estúpida por mi aspecto físico por algunos y una “nerd” por los otros. Esto era un problema ya que en lugar de fortalecerme me bajaba la autoestima en ambas identidades ya que no sabía en donde pertenecía ni quién era realmente. Tenía una pareja que se convertiría en el padre de mis 2 hijos; a pesar de ser un intelectual, él no podía entender como yo había elegido ser profesora en lugar de modelo, lo que agregaba otra inquietud a mis dudas. El hecho que los judíos no me aceptaran como uno de ellos y se rieran de mi pseudo judaísmo porque mi madre era católica y porque no conocía sus tradiciones, ni siquiera los nombres más simples de su comida tradicional, me traía aún más dudas. Los cristianos solamente veían mi apellido innegablemente judío, entonces me trataban como una convertida, por mis bautismos cristianos (sí, tengo 2), lo que me avergonzaba.

El primer “barrio” que encontré fue a través de mi relación con mis hijos, uno íntimo. Les ofrecía todos los mundos en los que yo me movía y me sentía abrazada y comprendida por ellos en todas mis identidades.

Luego, pude encontrar mi “barrio” profesional que era más legitimizado por mis alumnos que por mis colegas.

Cuando tenía alrededor de 50 años, pude crear mi red social de amigos, pero no un grupo. Era una red de individuos con intereses en común y maneras parecidas de mirar la vida, un “barrio” social de parecidos.

Aunque mi contacto con la gente no ha sido difícil porque soy cordial por naturaleza, no me es fácil encajar. No soy fácil de hacer encajar. Con el tiempo, comencé a descubrir que esta dificultad podía verse como una ventaja, ya que mis diferencias y contradicciones me daban información adicional así que empecé a caminar cómodamente por distintos “barrios”, sin sentir que realmente perteneciera a ninguno. Me tomó un tiempo darme cuenta de que la “diferencia”, el “no encajar” podía transformarse en una ventaja que me permitiera caminar en mundos irregulares y en algunos casos completamente opuestos.

Lo que más me costó fue encontrar a un hombre de mi “barrio”. Esto ocurrió, después de mucho esfuerzo, malentendidos, ilusiones y desilusiones y cuando había decidido dejar de buscar. Estaba por cumplir 60 y conocí al hombre que me acepta en todas mis circunstancias.

Después de muchos años de sufrimiento porque no encajaba en ninguna de las definiciones fácilmente reconocibles de identidad, me doy cuenta de que no tenía que buscar incansablemente el “barrio” donde el “semi-Dios” de mi adolescencia me quería encarcelar porque no importaba que “barrio” encontrara, siempre sería extraño para mí. Y yo siempre sería una extrajera para él.

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